El idioma del arte

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Hay una sensibilidad especial en los artistas, tienen una capacidad de observación muy particular, los conecta con lo que ven, con lo que está “escondido” en aquello que contemplan. Descubren los secretos de los silencios, de las sombras y los transcriben siguiendo los códigos de su corazón, creando un idioma especial.

Me gustaron mucho estas fotografías de gotitas de agua en flores casi invisibles, apenas se pueden intuir los dientes de león.

La fotógrafa: Sharon Johnstone, aquí puedes apreciar su trabajo Fine Art Fotography

Gotitas de rocío en mi pantalla,
Peregrina.

La Llorona

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Y cuenta la leyenda, en una de sus tantas versiones que . . .

Los cuatros sacerdotes aguardaban espectrantes. Sus ojillos vivaces iban del cielo estrellado en donde señoreaba la gran luna blanca, al espejo argentino del lago de Texcoco, en donde las bandadas de patos silenciosos bajaban en busca de los gordos ajolotes. Después confrontaban el movimiento de las constelaciones estelares para determinar la hora, con sus profundos conocimientos de la astronomía. De pronto estalló el grito. Era un alarido lastimoso, hiriente, sobrecogedor. Un sonido agudo como escapado de la garganta de una mujer en agonía. El grito se fue extendiendo sobre el agua, rebotando contra los montes y enroscándose en las alfardas y en los taludes de los templos, rebotó en el Gran Teocali dedicado al Dios Huitzilopochtli, que comenzara a construir Tizoc en 1481 para terminarlo Ahuizotl en 1502 si las crónicas antiguas han sido bien interpretadas y pareció quedar flotando en el maravilloso palacio del entonces Emperador Moctezuma Xocoyótzin. “¡Es Cihuacoatl!”, exclamó el más viejo de los cuatro sacerdotes que aguardaban el portento.

— La Diosa ha salido de las aguas y ha bajado de la montaña para prevenirnos nuevamente –, agregó el otro interrogador de las estrellas y la noche.

Subieron al lugar más alto del templo y pudieron ver hacia el oriente una figura blanca, con el pelo peinado de tal modo que parecía llevar en la frente dos pequeños cornezuelos, arrastrando o flotando una cauda de tela tan vaporosa que jugueteaba con el fresco de la noche plenilunar.

Cuando se hubo opacado el grito y sus ecos se perdieron a lo lejos, por el rumbo del señorío de Texcocan todo quedó en silencio, sombras ominosas huyeron hacías las aguas hasta que el pavor fue roto por algo que los sacerdotes primero y después Fray Bernandino de Sahagún interpretaron de este modo:

“…Hijos míos, amados hijos del Anáhuac, vuestra destrucción está próxima”

Venía otra sarta de lamentos igualmente dolorosos y conmovedores, para decir, cuando ya se alejaba hacia la colina que cubría las faldas de los montes:

“…¿A dónde iréis? ¿A dónde os podré llevar para que escapéis a tan funesto destino? Hijos míos, estáis a punto de perderos…”

Al oír estas palabras que más tarde comprobaron los augures, los cuatro sacerdotes estuvieron de acuerdo en que aquella fantasmal aparición que llenaba de terror a las gentes de la gran Tenochtitlán, era la misma Diosa Cihuacoatl, la deidad protectora de la raza, aquella buena madre que había heredado a los dioses para finalmentente depositar su poder y sabiduría en Tilpotoncátzin en ese tiempo poseedor de su dignidad sacerdotal.

El emperador Moctezuma Xocoyótzin se atuzó el bigote ralo que parecía escurrirle por la comisura de sus labios, se alisó con una mano la barba de pelos escasos y entrecanos y clavó sus ojillos vivaces aunque tímidos, en el viejo códice dibujado sobre la atezada superficie de amatl y que se guardaba en los archivos del imperio tal vez desde los tiempos de Itzcoatl y Tlacaelel.

El emperador Moctezuma, como todos los que no están iniciados en el conocimiento de la hierática escritura, sólo miraba con asombro los códices multicolores, hasta que los sacerdotes, después de hacer una reverencia, le interpretaron lo allí escrito.

—Señor, — le dijeron –, estos viejos anuales nos hablan de que la Diosa Cihuacoatl aparecerá según el sexto pronóstico de los agoreros, para anunciarnos la destrucción de vuestro imperio.

Dicen aquí los sabios más sabios y más antiguos que nosotros, que hombres extraños vendrán por el Oriente y sojuzgarán a tu pueblo y a ti mismo y tú y los tuyos serán de muchos lloros y grandes penas y que tu raza desaparecerá devorada y nuestros dioses humillados por otros dioses más poderosos.

“¿Dioses más poderosos que nuestro Dios Huitzilopochtli, y que el Gran Destructor Tezcatlipoca y que nuestros formidables dioses de la guerra y de la sangre?” Preguntó Moctezuma bajando la cabeza con temor y humildad.

“Así lo dicen los sabios y los sacerdotes más sabios y más viejos que nosotros, señor. Por eso la Diosa Cihuacoatl vaga por el Anáhuac lanzando lloros y arrastrando penas, gritando para que oigan quienes sepan oír, las desdichas que han de llegar muy pronto a vuestro Imperio”.

Moctezuma guardó silencio y se quedó pensativo, hundido en su gran trono de alabastro y esmeraldas; entonces los cuatro sacerdotes volvieron a doblar los pasmosos códices y se retiraron también en silencio, para ir a depositar de nuevo en los archivos imperiales, aquello que dejaron escrito los más sabios y más viejos.

Por eso desde los tiempos de Chimalpopoca, Itzcoatl, Moctezuma, Ilhuicamina, Axayácatl, Tizoc y Ahuizotl, el fantasmal augur vagaba por entre los lagos y templos del Anáhuac, pregonando lo que iba a ocurrir a la entonces raza poderosa y avasalladora.

Al llegar los españoles e iniciada la conquista, según cuentan los cronistas de la época, una mujer igualmente vestida de blanco y con las negras crines de su pelo tremolando al viento de la noche, aparecía por el Sudoeste de la Capital de la Nueva España y tomando rumbo hacia el Oriente, cruzaba calles y plazuelas como al impulso del viento, deteniéndose ante las cruces, templos y cementerios y las imágenes iluminadas por lámparas votivas en pétreas hornacinas, para lanzar ese grito lastimero que hería el alma.

“¡Aaaaaaaay mis hijos! ¡Aaaaaaay, aaaaaaay! El lamento se repetía tantas veces como horas tenía la noche la madrugada en que la dama de vestiduras vaporosas jugueteando al viento, se detenía en la Plaza Mayor y mirando hacia la Catedral musitaba una larga y doliente oración, para volver a levantarse, lanzar de nuevo su lamento y desaparecer sobre el lago, que entonces llegaba hasta las goteras de la Ciudad y cerca de la traza.

Jamás hubo valiente que osara interrogarla. Todos convinieron en que se trataba de un fantasma errabundo que penaba por un desdichado amor, bifurcando en mil historias los motivos de esta aparición que se transplantó a la época colonial.

Los románticos dijeron que era una pobre mujer engañada, otros que una amante abandonada con hijos, hubo que bordaron la consabida trama de un noble que engaña y que abandona a una hermosa mujer sin linaje.

Lo cierto es que desde entonces se le bautizó como “La llorona”, debido al desgarrador lamento que lanzaba por las calles de la Capital de Nueva España y que por muchos lustros constituyó el más grande temor callejero, pues toda la gente evitaba salir de su casa y menos recorrer las penumbrosas callejas coloniales cuando ya se había dado el toque de queda.

Muchos timoratos se quedaron locos y jamás olvidaron la horrible visión de “La llorona” hombres y mujeres “se iban de las aguas” y cientos y cientos enfermaron de espanto.

Poco a poco y al paso de los años, la leyenda de La Llorona, rebautizada con otros nombres, según la región en donde se aseguraba que era vista, fue tomando otras nacionalidades y su presencia se detectó en el Sur de nuestra insólita América en donde se asegura que todavía aparece fantasmal, enfundada en su traje vaporoso, lanzando al aire su terrorífico alarido, vadeando ríos, cruzando arroyos, subiendo colinas y vagando por cimas y montañas.

Y cuenta la leyenda que el gemido nunca terminará … ¡Ayyyyy! ¡AAAAAyyyyyy!!!

Peregrinando, días nublados y húmedos de otoño, en vísperas de días de muertos
Peregrina.

Relato Leyendas Mexicanas.  Fotografías Brooke Shaden

Una razón más para vivir sonriendo

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Hoy es el cumpleaños de una  mujer de ojos grandes muy grandes.  Mi amiga vive sonriendo y con una actitud positiva ante la vida, por eso me recuerda a la Tía Ofelia de las historias de Angeles Mastretta en Mujeres de Ojos grandes.

“Hay gente con la que la vida se ensaña, gente que no tiene una mala racha sino una continua sucesión de tormentas. Casi siempre esa gente se vuelve lacrimosa. Cuando alguien la encuentra, se pone a contar sus desgracias, hasta que otra de sus desgracias acaba siendo que nadie quiere encontrársela.

Esto último nunca le pasó a la tía Ofelia, porque a la tía Ofelia la vida la cercó varias veces con su arbitrariedad y sus infortunios, pero ella jamás abrumó a nadie con la historia de sus pesares.  Dicen que fueron muchos, pero ni siguiera se sabe cuantos, y menos las causas, porque ella se encargó de borrarlos cada mañana del recuerdo ajeno.

Era una mujer de brazos fuertes y expresión juguetona, tenía una risa clara y contagiosa que supo soltar siempre en el momento adecuado.   En cambio, nadie la vio llorar jamás.   A veces le dolían el aire y la tierra que pisaba, el sol del amanecer, la cuenca de los ojos.  Le dolían como un vértigo el recuerdo, y como la peor amenaza, el futuro.   Despertaba a media noche con la certidumbre de que se partiría en dos, segura de que el dolor se la comería de golpe.   Pero apenas había luz para todos, ella se levantaba, se ponía la risa, se acomodaba el brillo en las pestañas, y salía a encontrar a los demás como si los pesares la hicieran flotar.  Nadie se atrevió a compadecerla nunca.  Era tan extravagante su fortaleza, que la gente empezó a buscarla para pedirle ayuda. ¿Cuál era su secreto? ¿Quién amparaba sus aflicciones? ¿De dónde sacaba el talento que la mantenía erguida frente a las peores desgracias?

Un día le contó su secreto a una mujer joven cuya pena parecía no tener remedio:   -Hay muchas maneras de dividir a los seres humanos- le dijo-.   Yo los divido entre los que se arrugan para arriba y los que se arrugan para abajo, y quiero pertenecer a los primeros.  Quiero que mi cara de vieja no sea triste, quiero tener las arrugas de la risa y llevármelas conmigo al otro mundo. ¡Quién sabe lo que habrá que enfrentar allá!”

Cuando sea grande quiero ser como tú…

Peregrina.

La fotografía de Alfred Stieglitz 1919 “Georgia Okeefe”. La pintura es de la artista estadounidense Georgia Okeefe, finales del siglo XIX.

Albricias, abrazos, anécdotas, alegrías!!! Regreso al cole

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La vida sigue, fluye y se expande día tras día. Nosotros vamos dentro de este inmenso caudal y, nos guste o no, los segundos siguen su ritmo y se convierten en días y los días que pasan presurosos nos hacen encender las luces para recibir a las noches y de repente… ¡saz! Pasaron los meses y nos encontramos envueltos en el remolino de la vida empezando, casi sin darnos cuenta, un nuevo ciclo.

Podemos seguir así, ciclo tras ciclo, dejándonos llevar por la corriente de la vida y al final: darnos cuenta de que ¡no nos dimos cuenta de nada! Perdemos la capacidad de asombro y dejamos de encontrarle sabor a la vida.

Pero ¡oh sorpresa! La Creación es tan maravillosa y perfecta que nos da la oportunidad de vivir al lado de pequeños seres que nos recuerdan que a lo largo del camino existen momentos sencillos y simples que pasan desapercibidos ante nuestros ojos cegados por las prisas. Pequeños seres que van descubriendo y maravillándose con la profundidad de la sencillez de cada instante. Personitas enamoradas de la vida momento a momento, que viven sin prisas, tomándose su tiempo para observar, saborear y entender el por qué de cada experiencia que pasa en su diario vivir. Definitivamente los niños son “Criaturas de pasiones intensas”

En varios países estamos comenzando un nuevo ciclo escolar y tenemos la oportunidad de decidir cómo lo vamos a recorrer: siguiendo la corriente sin detenernos a compartir los momentos que conformarán su vida y modelarán su carácter o bien tomando decisiones conscientes, comprometiéndonos con ellos, apoyándolos y acompañándolos en el camino, siendo verdaderos guías enseñándoles con el ejemplo de nuestros estilos de vida.

Démonos el tiempo para detenernos y admirar el instante, maravillarnos con los descubrimientos más pequeños, saboreando las alegrías y aprendiendo de las tristezas.

Empezamos este ciclo acompañados de lluvia de estrellas de agosto, las Perseidas que iluminan sorpresivamente la obscuridad de nuestros cielos, visibles sólo por un instante, para quien está atento a verlas… ¡estar atentos para descubrir las maravillas que pasan fugazmente ante nuestros ojos! He ahí el secreto de la vida.

Hace algunos años leí Brida, de Paulo Coelho. Recuerdo una escena en la que un padre, jugando con su hija de cinco años, le pregunta cómo está el agua de la piscina. La pequeña mete el dedito del pie y le dice tiritando “¡Brrr, está fría!” Continuando con el juego, el padre la toma en brazos y la lanza al agua, ella sale del chapuzón con una sonrisa y atiende al grito y las risas del padre: “¿Cómo está el agua?” La respuesta de la niña no se hace esperar: “¡Deliciosa!” Cuando salió de la piscina dulcemente la abraza y viéndola a los ojos le dice: “La próxima vez que quieras saber cómo es algo, sumérgete en ello y entonces podrás dar una opinión”

¿Cuánto nos estamos sumergiendo en la educación integral de nuestros hijos? ¿Conocemos el ambiente en el que se desenvuelven? ¿Conocemos la filosofía en la que estamos depositando la confianza para conformar su desarrollo? ¿Sabemos el verdadero significado de los personajes que son sus héroes de juegos? ¿Entendemos la esencia de las películas que permitimos que vean? ¿Sabemos cuáles son las cosas que le causan miedo? ¿Cuáles son sus necesidades espirituales? ¿Cuáles son sus necesidades físicas? ¿Cómo se está desarrollando su sexualidad? Hay muchas, muchas facetas que debemos observar en nuestros hijos. Los niños tienen espíritus sumamente profundos, para un adulto es un gran reto sumergirse en ese abismo de maravillas.

Podemos decidir: Pasar por la vida empujados por las prisas de una sociedad que nos corrompe o fluir con la vida, comprometidos con los que nos aman y amamos, realizando en consciencia nuestro hacer, comprometiéndonos con nuestros niños. Tomar su mano para disfrutar el ciclo y trazar así, armoniosamente, el camino hacia los ciclos futuros que por naturaleza dependen de éste que iniciamos hoy.

Todos somos educadores en esta vida, Peregrina.

Fotografías de Willy Ronis, fotógrafo francés (1910-2009)

Líneas invisibles de una larga caligrafia: elefante

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Estas líneas estaban reservadas para un elefante en particular -ya platicaré de él en otro espacio. Curiosamente, cuando estoy casi al final de la lectura de un libro de José Saramago se me atraviesa en el camino de las letras la imagen de un paquidermo que me dio un beso con su mirada, una mirada que, sin verme, me ha abrasado el corazón.

Y después de esta imagen de Gregory Colbert que genera tantas sensaciones, vamos a leer el poema “El Elefante” de Javier Mardel. Juzguen lectores y, si tienen a bien, díganme si también sintieron la mirada que pide piedad, libertad, justicia, respeto, unidad . . .

El elefante escucha la mañana.
Con ociosa atención levanta un poco
las orejas rugosas y nervudas.
Los ojos sosegados inspeccionan
una forma cambiante y luminosa
en el agua narcótica de un charco.
La trompa prodigiosa, soberana,
tantea con desánimo la tierra
como si remarcara en ella el signo
de una esperanza presa en el pasado.
Las poderosas patas, como troncos
hinchados en su veta más profunda,
coleccionan distancias imposibles
fundidas a su propia sombra inmóvil.

El elefante escucha. Torpemente,
deletrea un rumor tan bullicioso
como el desordenado vocerío
de la selva grabada en su recuerdo.
Pero las cosas que oye no provienen
de la selva. El murmullo de las hojas,
el rugido del tigre, el palmoteo
del arroyo en la margen, siempre suenan
diferente en el aire de la selva.
Aquí el sonido oscila y se repite.
Aquí no hay ruidos nuevos. La mañana
que escucha el elefante es la mañana
de ayer, y la de ayer, la que escuchó
días atrás. Los pasos de la gente,
el bostezo acerado de los autos,
la risa de los niños en la acera,
son parte de la serie cotidiana
que escucha cada día, siempre igual
y nunca más extraña o menos obvia.

El elefante escucha la mañana.
Escucha y nota cómo se confunden
sus propios soliloquios guturales
en la somnífera frecuencia diurna.
Mira el cambiante rostro, la espejada
cara del charco… Piensa en su nombre,
un nombre que para él es sólo otra
partícula sonora incomprensible.
Piensa en los hombres, que presumen
nombrar cuanto han nombrando ya los dioses.
Piensa en los dioses, viejos y callados,
soportando quizás en un tobillo
un grillete más rígido y pesado
y un candado más duro que los suyos.
Los supone impotentes, fatigados,
confinados acaso en un rincón
a la orilla del mundo, consumiéndose
turbiamente a lo largo de mil siglos
bajo el peso brutal de la memoria.

El elefante escucha el mediodía.
Tardo y absorto, advierte los latidos
de un corazón que casi ya no es suyo.
Sacude con modorra las orejas
de una bestia que ya no es él. Cansado,
balancea una trompa y una testa
ajenas a algo incierto que se llama
“elefante”. La burda miscelánea
de voces gravitando a la redonda
ahora es un pacífico rumor,
un pautado susurro que adormece
diez millones de años alojados
en las seis toneladas de su peso.
Lado a lado, leyendo con la frente
las líneas invisibles de una larga
caligrafía, mueve la cabeza,
como un doliente péndulo que mide
la vacuidad de un tiempo que no pasa,
como una gran tristeza hipnotizada
en las heces de un sueño involuntario:
la humedad inherente del follaje,
la tersura del lodo, la segunda
cabeza decisiva de Ganesha,
el sagrado baniano de raíces
aéreas, el instante eternizado
de las aguas que fueron el Karanga…

El elefante sueña, y en el sueño
una vaga silueta se desplaza
tras la densa espesura de los mitos.
Reconoce las formas, la cadencia
en el paso confiado y sigiloso.
Ve la agrietada piel de las rodillas
y la curva incompleta del marfil.
Penetrando en el sueño y la maleza,
sigue al gradual fantasma, el simulacro
que a la luz de la tarde merodea
en su selva intangible y misteriosa.
No sabe el elefante que ese vasto
espectro, ese ilusorio paquidermo
husmeando en su fantástico trenzado
de frondas y caudales, es él mismo.
No sabe el elefante que al que mira
es a él buscando el vértice del tiempo,
el borde de la arena, la manera
de despertar del sueño en que discurre.

No sabe que jamás despertará.
No sabe que al caer la noche, el grito
del público arderá sobre las gradas,
que un súbito reclamo a la opresión
del látigo le hará estallar en furia,
que el rostro horrorizado de los hombres
va a convertirlo en monstruo, que el candente
acero clavará seis, siete veces,
su píldora fatal en sus entrañas.
No sabe que la carpa temblará
sobre la voz de innumerables voces
y que la pista quedará cubierta
con su sangre. No sabe que un cadáver
mayúsculo y deforme se hundirá
lenta y sumisamente en el silencio.

No sabe el elefante que esa noche
soñará para siempre con la selva.

Javier Mardel

Los animales no existen para vivir bajo el yugo de los hombres, sino para manifestar la belleza de la libertad con la magnificencia de su presencia entre nosotros y declarar así la alegría y el esplendor de la Energía Creativa en la que todo es desde siempre.

Sigo en el viaje,
Peregrina.

Una canción de libertad

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Hoy estaba paseando por El vuelo del onocrótalo, un blog de fotografía. Me salió al encuentro esta maravillosa imagen que me pareció perfecta en todos sentidos. La belleza que encierra en la sombra de la abejita sobre la flor, la luz que atraviesa los pétalos y muestra la delicada textura casi transparente de la corola, los tonos del paisaje que entorna el fondo, en fin. El dedo del fotógrafo fue tan rápido como su ojo que siguió el instinto del corazón observador. Primero un fragmento de “El Profeta” y un poco más abajo el deleite de la fotografía.

Un ermitaño, que visitaba la ciudad anualmente, se adelantó y le dijo al Profeta:Háblanos del Placer.


Y él respondió, diciendo:


El placer es una canción de libertad, pero no es libertad.
Es el florecer de vuestros deseos, pero no su fruto.
Es una llamada de la profundidad a la altura pero no es lo profundo ni lo alto.
Es lo enjaulado que toma alas, pero no es el espacio confinado.
¡Ay! en verdad verdadera, el placer es una canción de libertad.
Y yo desearía que la cantarais con plenitud de corazón, pero no que perdierais el corazón en el canto.

Algunos jóvenes entre vosotros buscan el placer como si lo fuese todo y son juzgados por ello y censurados.
Yo no los juzgaría ni censuraría.
Los dejaría buscarlo.
Porque encontrarán el placer pero no lo encontrarán solo; siete son sus hermanas y la peor de ellas es más hermosa que el placer.

¿No habéis oído del hombre que escarbaba la tierra buscando raíces y encontró un tesoro?
Y algunos mayores entre vosotros recuerdan los placeres con arrepentimiento, como faltas cometidas en embriaguez.
Pero el arrepentimiento es el nublarse de la mente y no su castigo.
Deberían ellos recordar los placeres con gratitud, como lo harían de la cosecha de un verano.
Sin embargo, si los conforta el arrepentirse, dejad que se arrepientan.
Y algunos hay, entre vosotros, que no son ni jóvenes para buscar, ni viejos para recordar.
Y, en su miedo a buscar y recordar, huyen de todos los placeres para no olvidar el espíritu u ofenderlo.

Pero esa renuncia misma es su placer.
Y, así, ellos también encuentran un tesoro, escarbando con manos temblorosas para buscar raíces.
Pero, decidme, ¿quién es el que puede ofender al espíritu?
¿Ofende el ruiseñor la quietud de la noche o la luciérnaga ofende a las estrellas?
Y ¿molestan al viento vuestro fuego o vuestro humo?
¿Creéis que es el espíritu un estanque quieto que podéis enturbiar con un bastón?

A menudo, al negaros placer, no hacéis otra cosa que guardar el deseo en los recesos de vuestro ser.
¿Quién no sabe que lo que parece omitido, aguarda el mañana?
Aun vuestro cuerpo sabe de su herencia y su justa necesidad y no será engañado.
Y vuestro cuerpo es el arpa de vuestra alma.
Y sois vosotros los que podéis sacar de él dulce música o confusos sonidos.
Y ahora vosotros preguntáis en vuestro corazón: ” ¿Cómo distinguiremos lo que es bueno de lo que no es bueno en el placer?”

Id a vuestros campos y a vuestros jardines y aprenderéis que el placer de la abeja es reunir miel de las flores.
Pero es también el placer de la flor el ceder su miel a la abeja.
Porque, parada abeja, una flor es fuente de vida.
Y, para la flor, una abeja es un mensajero de amor, y para ambos, abejas y flor, el dar y el recibir placer son una necesidad y un éxtasis.

Pueblo de Orfalese, sed en vuestros placeres como las abejas y las flores.

Primavera es el nombre de la imagen de J.M. López. La perfecta para ilustrar este fragmento de “El profeta” del poeta árabe Ŷibrān Jalīl Ŷibrān ibn Mijā’īl ibn Sa’d.

Estoy indecisa… ¿la abeja o la flor? Con cuál me identifico más … …
Peregrina.

Magia Maya de luz y sombra en primavera

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Sentir la energía del sol en su plenitud la tarde del equinoccio de primavera es eso, magia pura. Misterioso contraste que desciende mientras el sol se va despidiendo de la Tierra y se manifiesta en su totalidad en el momento preciso en el que el equinoccio es un hecho.

¿Cómo lo hicieron? ¿A quién se le ocurrió? Los antropólogos podrán explicar la historia a partir de las conclusiones de sus estudios, investigan y sacan conjeturas. Lo que es cierto es que la magia que encierran todas las tradiciones mayas parten de una observación precisa y constante del medio que rodeaba a los pueblos prehispánicos, de los astros que los alumbraban y marcaban sus ciclos, de la naturaleza misma de la que dependían totalmente y a la que adoraban con gran respeto en unidad total y absoluta.

Presenciar el equinoccio justo frente a la Gan Pirámide de Chichen Itzá, sin que nadie me impidiera fotografiar con gran admiración la precisión con la que la Kukulkan descendió magnifico y luminoso el 20 de marzo, enmarcado por la sombra que le daba forma, ¡fue magia pura! Estallido de alegría y gozo en plenitud. Realmente me sentí una con el Universo.

Después, cuando el sol pintaba de rosado las piedras, el cielo estaba completamente limpio, sin una nube y de un azul muy intenso. El viento cesó y se sintió el esplendor que deja la magia a su paso.

Peregrina.

Se dejan sentir aires de primavera

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Il vento pazzo di marzo

Llega marzo y aquí como en otros lugares que he vivido se nota como el viento enloquece y el sol lucha por salir cada día más brillante, por eso los italianos dicen “marzo, vento pazzo”.

Afuera el sol se ha escondido tras las nubes y el viento seco hace mover las hojas de los árboles, me gusta sentarme a escuchar las voces de los árboles.  Cada uno tiene una manera especial de responder a las caricias del viento. Si sus copas son frondosas con ramas cubiertas de hojas el sonido es intenso y constante; si en cambio son de hojitas finas, entonces su voz se escucha suavemente y lo movimientos son muy delicados, dibujando en el piso sombras danzantes que acompañan y armonizan su canto. Las palmeras tienen un sonido extendido, el susurro del roce de sus largas hojas y el movimiento que las despeina son como una anestesia que transporta a la imaginación en un viaje ondulante y serenamente distante del lugar en el que se quedan anclados los pies. Algunos árboles tienen semillas secas en sus ramas, las vainas se convierten en sonajas que acompañan con un ritmo armonioso al viento que las mueve. El canto de los pinos es muy silencioso. No tienen hojas que se froten unas con otras y sus ramas no son tan largas por lo que sus agujas crean un sonido apenas perceptible, el silencio de los bosques es majestuoso, la canción del viento es un murmullo que adormece los pensamientos y exalta los sentidos. Hace mucho tiempo que no escucho la canción de los pinos, de los abetos, de los cipreses. No crecen por estos lugares.

El viento no se puede ver con los ojos, pero se percibe con todos los sentidos, lo que nos abre la imaginación para poder verlo y darle un nombre, depende del lugar de donde viene o hacia dónde va, si es suave o impetuoso: Céfiro, Boreas, Noto, Euro, Monzón, Föhn, Mistral, Bora, Vardarac, Norte, Etesio, Barber, Pampero, Steppendwind, Scirocco, Sonora, Brickfielder, Elefanta, Khamsim, Sudestada, Bayomo, Alisios, Levante, Poniente, Lebeche … Desde la antigüedad la gente los ha nombrado de muchas formas, pero a final de cuentas, el viento canta siempre una canción silenciosa hasta que se encuentra con algo que le dé voz.

¿Cuántos nombres tiene el viento? ¿Alguien puede decirme más?

Comparto esta foto que me parece bellísima, es la ganadora al premio 2006 a la mejor imagen de la Fundacion Wikimedia. Viento solar que se mezcla con partículas de moléculas de oxígeno e iones de moléculas de hidrógeno.  A  pesar de ser un fenómeno luminoso, la Aurora Boreal da la sensación de ser viento en movimiento.

aurora

Peregrina.

Esta entrada había sido publicada en marzo del 2009, tengo buenos motivos para ponerla de nuevo hoy.

Nada es simple,

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ni el más pequeño de los reflejos de la expresión que aflora en la obscuridad de las ideas, cuando la mente está obnubilada y trata de explicar, con más entusiasmo que precisión, lo que siente en el momento en que le falta sentido al cuerpo, que sin sentidos, percibe a una nueva luz lo que ya ha conocido por años.

Sin sumergirme del todo en la complejidad de la idea que me escapó al ver esta fotografía,
Peregrina

Imagen de Caroline Halley

ideas revoloteando

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Las palabras son la configuración acústica de las ideas, esas que son claras y precisas, las alegres y cándidas que componen sinfonías emulando sonrisas… O las furiosas y desalentadoras que no pueden seguir esperando para ser gritadas y arrasar con cualquier aliento esperanzador que las pudiera detener… Las desinteresadas, verdaderas o falsas, inteligentes o mansas… palabras y más palabras que se pronuncian en lenguas tan distintas, por todas partes… sonidos que se repiten y retoman vuelos con melodías cambiadas, o no se escuchan y siguen volando disparatadas, o bien se comprenden y se guardan en cajitas que la mente captura en miniatura, o se entierran porque hieren.

Hay otras ideas que, de tanto ser cantadas, cansan, empalagan o fastidian y la mente voltea hacia otra fuente de donde borboten ideas frescas, palabras nuevas.

Pero no todas las ideas cantan canciones audibles. Hay ideas que se vuelven letras, salen en silencio y viajan en aviones de papel invisible, entre redes que las atrapan sin quedárselas, como mariposas que se escapan y vuelan silenciosas. Ideas que no hacen ruido y llegan como susurro, no a oídos, sino a ojos distraídos que las miran sin ver y las toman o las dejan ir… Ideas que comunican silencios ruidosos o pasan códigos de secretos que desean ser absueltos y liberados.

Amo las ideas que nunca escapan, esas se quedan para recrearse con la mente que las crea y hacen amores e inventan más ideas…

¿Cuántas ideas por cada palabra? ¿Cuántas palabras para una idea?
Peregrina

Imagen: Brooke Shaden