Hace unos días escribí el siguiente mensaje: “Valeriana y manzanilla en dosis pequeñas, lo suficiente para mantenerme tranquila, canela y vainilla en cantidad abundante para mantenerme alerta”. Pasaba por una situación estresante y eso fue lo que se me ocurrió tomar y frotarme en el cuerpo, así, por instinto. Y es que los aromas han sido, desde siempre, esenciales en mi vida. El aroma de los lirios blancos o de los nardos, por ejemplo, se han quedado impresos en mi memoria desde hace tantos, tantos años, de manera tan profunda, que puedo sentirlos sin olerlos y al hacerlo, imágenes de mi infancia se hacen presentes mágicamente, como si fueran una película que pasa por la parte de atrás de mis ojos.
Es por demás sabido que la memoria olfativa es en extremo poderosa. Pero no me interesa ir a fundamentos científicos, sino expresar que, de alguna forma, los olores me transportan a momentos precisos de mi pasado; en el aroma recordado se conjugan sensaciones, sentimientos, sonidos y percepciones físicas muy puntuales, es muy emotivo darme cuenta como un solo aroma logra despertar todas esas facetas de mi memoria. Pero no es esa, por supuesto, la razón por la que amo las esencias y fragancias en aceites o tisanas, sino por la delicada sensación que me dan en el momento en que las hago penetrar en mí ser.
Qué sensación tan exquisita percibir el delicado aroma del jazmín en el vapor de una taza de té, o dejar que la espuma del gel de baño me regale los picantes toques del eucalipto y lavanda para empezar un día de fin de semana, o dejar que mis manos acaricien suave y lentamente mi cuerpo sintiendo la cadenciosa fragancia que deja el dorado aceite de argán.
Melisa o ciprés en el agua tibia para poder liberarse de tensiones y abandonarse a un sueño puro y reparador; lavanda y sándalo frotados en el cuerpo para alegrar el espíritu y dejarlo volar hacia sueños frescos y vaporosos; jengibre y nuez moscada con un toque de canela vaporizados en la habitación para relajar la mente y encaminarla en la lectura de una historia que se hará realidad al cerrar los ojos y sentir la calidez de los aromas.
Respirar profundamente sintiendo como los aromas entran y se enraízan en las entrañas, exhalar abandonando el cuerpo a la muerte del segundo que falta el aire, volver a inhalar y dejar que el aroma llene ese vacío que dejó la ausencia de pensamientos, porque ahora la mente está totalmente concentrada en la invasión del respiro en el cuerpo e inhalar por segunda vez hasta que el abdomen toque la columna y no haya espacio entre ellas, dejar la vida para volver a llenarse de ella, esta vez total e incondicionalmente, abandonándose al vacío encantador que han dejado las tensiones desaparecidas… lentamente el sueño abraza, en su acogedora obscuridad luminosidad… un nuevo mundo se abre a la percepción…
Ya me voy a dormir, el aroma del Shiraz me acompaña esta vez y me envuelve el enebro para alejar los dolorcillos que una noche de danza me han dejado en las caderas.
Inhalar… exhalar,
Peregrina.

Para borrar el pecado original, para salvarnos del pecado, siete picos porque son siete pecados capitales… Pecado, pecado, pecado. Si te portas mal no tienes regalos, si eres malo, si eres malo, si eres malo. ¡Qué miedo ser malo! Y, ¿de verdad soy tan malo? 


Mi personalidad ha quedado marcada por cada una de las tintas que han teñido mi retina al observar los paisajes que entran en mi cuerpo cuando abro los ojos. Cada imagen se torna en sensación y respiro aromas ya conocidos no con mi olfato, sino con la perspicacia que vive en mi imaginación, la emoción vuela al ritmo de música que se lee en la partitura de los recuerdos que bailan en mi mente.
Sensaciones que marcan instantes que permanecen. Negros difusos que se tornan en grises celestiales. Brillos silenciosos se revierten en vientos que inspiran ideas que me mantienen viva y continúan dictando remembranzas y nuevos deseos. Evocaciones que sonreirán a la vida cuando, en la nostalgia del momento, cierre los ojos, haciendo una pausa en el presente que encierro en un suspiro… 



