Entre notas y gotas

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Cada día, las experiencias que vivo en el colegio junto a los niños tienen algo de extraordinario, aunque nazcan de lo cotidiano. Hay momentos que simplemente no pueden ser capturados en una fotografía, porque pertenecen a ese espacio sutil donde surgen las ideas, la curiosidad y el asombro genuino.

Preparo la clase cuidadosamente con una intención clara, pero es en el encuentro con los niños donde todo cobra verdadero sentido. Ellos, con su mirada abierta y su impulso interior, me invitan constantemente a ir más allá de lo previsto. Y es entonces, en esa disposición a escuchar y a seguirlos, donde ocurre lo más valioso.

Así, lo que comienza como una propuesta se transforma en una experiencia compartida, construida en el momento, donde cada gesto, cada descubrimiento y cada intercambio adquieren una riqueza inesperada. Y casi siempre, sin excepción, el resultado me recuerda que cuando confío en el proceso y en los niños, lo que emerge es profundamente significativo.
Soy Peregrina y quiero contarles lo que sucedió en una de mis clases de inglés con el grupo de bebés.

Había preparado una propuesta sencilla: una canción en la que contamos cuatro gusanitos mientras nombramos algunas partes del cuerpo y nos movemos. Todo estaba dispuesto para seguir ese hilo. Tenía los gusanitos verdes en mi mano, lista para comenzar… y, casi sin darme cuenta, algo más empezó a llamar mi atención. Era como si el ambiente hablara por sí mismo: verde mi vestido, verdes mis zapatos, verdes los cuatro limones que descansaban en la canasta sobre la barra de la cocina. Todo parecía unirse en un mismo lenguaje silencioso que pedía ser nombrado.

Entonces surgió la pregunta, espontánea, inevitable: ¿De qué color son estos limones? ¿De qué color es mi vestido? ¿De qué color son los gusanitos? Y en respuesta, esas pequeñas voces, aún en construcción, pero llenas de certeza, dijeron: “verde”.

En ese instante, la lección dejó de ser la que yo había planeado. El idioma, el aprendizaje y la experiencia se entrelazaron en algo mucho más significativo: un descubrimiento compartido que nacía del presente, del asombro y de la conexión con lo que estaba ahí, al alcance de todos.

Y una vez más, los niños me recordaron que aprender no siempre sigue el camino que trazamos… sino el que se revela cuando estamos verdaderamente atentos.

Dicen que, si la vida te da limones, prepares limonada… ahí estaban cuatro, esperándonos.

Así, casi sin notarlo, la lección cambió de rumbo: de contar gusanitos pasamos a contar limones; de seguir una canción ya conocida, a inventar la nuestra, nacida en ese mismo instante. Una melodía sencilla que nos acompañaba mientras los pequeños exploraban con todos sus sentidos: acercaban los limones a la nariz, descubrían su aroma fresco; los sostenían entre sus manos, percibiendo su forma redonda y firme; los miraban con detenimiento, como si quisieran comprenderlos por completo.

Y entonces, al partirlos, ocurrió otra revelación: su jugosidad brilló al abrirse, casi como un pequeño tesoro escondido. ¿Y por qué no ir más allá? Una gotita de limón sobre la lengua… y el gesto inmediato que nos enseñaba una nueva palabra: «ácido». Después, el agua en la jarra, el movimiento, la transformación… la experiencia creciendo, expandiéndose.

Justo cuando parecía que ese momento ya era en sí mismo completo, surgió algo más. Algo inesperado, delicado, que vino a dar una puntada preciosa al bordado que, sin darnos cuenta, estábamos tejiendo juntos…

¡Llegó el maestro de música!

Mi clase se había extendido más de lo previsto, pero el tiempo, en ese momento, parecía responder a otra lógica. Entró con su guitarra… y, sin interrumpir, sin preguntar, simplemente se unió. Comenzó a acompañar aquella canción que había nacido de nosotros, de los limones, del instante.

La guitarra trajo consigo el pulso, el latido que sostenía la experiencia: marcaba el ritmo para caminar cuidadosamente con la jarrita de vidrio llena de agua y verterla en la gran jarra, remover el jugo en el agua, a veces lento, a veces más ágil; daba fuerza al gesto de exprimir, invitando a las manos pequeñas a intentarlo una vez más… “¡con más fuerza!”

Sucedía algo profundamente bello: las caritas de los bebés se iluminaban. Había en sus gestos una mezcla de sorpresa, alegría y orgullo cuando la música parecía celebrar cada uno de sus movimientos, cada esfuerzo de sus manitas al transformar los limones.

Ya no era solo una actividad, ni una lección de inglés, ni un ejercicio sensorial. Era un momento vivo, tejido entre todos, donde el lenguaje, el cuerpo, la música y la emoción se encontraban en perfecta armonía.

Y ahí, en esa coincidencia que no fue casualidad, sino encuentro, se revelaba algo esencial: cuando el adulto observa, escucha y se permite seguir el hilo que los niños ofrecen, la experiencia se expande… y se vuelve profundamente significativa.

Ah, pero no termina aquí.

Cuando llegó el momento de probar la gotita de limón, no todos quisieron recibirla en la punta de la lengua. Y estaba bien. Con respeto, simplemente los invité a regresar a su lugar si no deseaban hacerlo. Se fueron tranquilos, incluso contentos, porque sabían —sin necesidad de palabras— que su decisión era válida, que nadie los obligaría. Dos niños eligieron no probar.

Más tarde, apareció el azúcar. Y entonces, uno de esos dos volvió a mirar, a acercarse desde su propio interés. El otro decidió mantenerse al margen. Pero este pequeño sí quería probar… aunque solo lo dulce.

Y en ese instante surgió la pregunta, casi como un juego, pero cargada de sentido: —¿Cómo? ¿Vas a probar lo dulce sin haber probado lo ácido?

Sus ojitos se abrieron, sorprendidos, pensativos. Dudó apenas un segundo. Luego, con una claridad sencilla y firme, respondió: “No”. Señaló el limón… y abrió su boquita.

Recibió la gotita. Esperamos. Y entonces, como una pequeña revelación, apareció su sonrisa. El limón, afortunadamente, no estaba tan ácido. Y entre esa mezcla de sorpresa y satisfacción, dejó escapar un suave: “¡está bueno!”

Después vino el azúcar.

Pero ya no era solo el contraste de sabores. Era algo mucho más profundo: la alegría de haber cruzado un pequeño umbral, de haberse permitido intentarlo, de haber conquistado un reto propio. Su felicidad no estaba en lo dulce únicamente, sino en todo el recorrido que lo llevó hasta ahí.

Y en ese gesto tan simple, tan breve, se revelaba una gran lección: cuando el niño es respetado en su ritmo y en su decisión, encuentra por sí mismo el momento de ir más allá. Y entonces, el aprendizaje no se impone… se conquista. Durante el proceso, la música de la guitarra de nuestro querido Erick siguió envolviendo el momento, musicalizando también la experiencia gustativa.

Los acordes de la guitarra no solo acompañaban: parecían dar voz a cada sensación. A ese gesto curioso antes de probar, a la sorpresa del primer contacto, a la risa que brotaba después. La guitarra sostenía el ambiente como un hilo invisible que unía todo: el sabor, el movimiento, la emoción, el encuentro.

Así, casi sin darnos cuenta, lo que comenzó como una sencilla lección se transformó en una experiencia profundamente viva. Una de esas que no se planean del todo, pero que revelan, con claridad, la esencia de lo que significa aprender: estar presentes, disponibles, abiertos… y confiar en que, cuando seguimos al niño, la vida misma se encarga de ofrecernos lo extraordinario.

Y ahí estábamos, compartiendo no solo una bebida que habíamos preparado juntos, sino un momento tejido de respeto,  belleza y comunidad. Uno de esos instantes que no se pueden planear del todo… pero que quedan, profundamente, en la memoria del corazón.

Y así, esa fue la clase de inglés.

Porque, aunque no lo crean, todo lo que se dijo a lo largo de la experiencia se habló en inglés. Y los bebés, que apenas comienzan a construir su lengua materna, comprendieron. Comprendieron desde el gesto, desde la intención, desde el contexto vivo que daba sentido a cada palabra. Y respondieron… algunos con su media lengua, otros con sonidos, otros con miradas y acciones, pero varios también se aventuraron a decirlo en inglés. Cuando el lenguaje nace de la vivencia, deja de ser algo que se enseña… y se convierte en algo que se vive.

Bueno, Erick no. ¡Él habló con su música todo el tiempo!

Y quizás, en el fondo, fue quien más claramente nos recordó que existen muchos lenguajes —todos válidos, todos profundos— y que cuando se entrelazan en un mismo momento, el aprendizaje se vuelve algo mucho más grande: se vuelve humano.

Peregrinando entre ácido y dulce.

Ecos de la raíz

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En la pared manchada por la humedad, colgaba una vieja cruz. Su espíritu respondía, con delicado tintineo de marimba el canto oscuro de su origen, cual eco lejano, después de cada Ave María.

Peregrina

 



Fotografía:  https://app.emaze.com/@AZTLFQCZ#2

La Odalisca

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Comenzó con movimientos que después siguieron a las notas. La interpretación fue surgiendo del sentimiento que nacía de cada pausa, entre cada silencio, cambiante como el movimiento de la seda. Luego llegaron las palabras que quedaron perfectas para el momento.

¿De qué sirve mi belleza
la riqueza,
pompa, honor y majestad,
si en poder de adusto moro
gimo y lloro
por la dulce libertad?

Luenga barba y torvo ceño
tiene el dueño
que con oro me compró;
y al ver la fatal gumía
que ceñía,
de sus besos temblé yo.

¡Oh, bien hayan los cristianos,
más humanos,
que veneran una cruz,
y dan a sus nazarenas
por cadenas,
aura libre, clara luz!

Dime, mar, que me aseguras
brisas puras,
perlas y coral también,
si hay linfa en tu extensión larga
más amarga
que mi lloro en el harén.

¿De qué sirve a mi belleza
la riqueza,
pompa, honor y majestad,
si en poder de adusto moro
gimo y lloro
mi perdida libertad?


Juan Arolas (España 1805-1849)

Peregrinando entre notas y palabras

Cleopatra en Nueva York

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Desde hace varios años, Cleopatra en Nueva York es una pieza musical que acompaña por lo menos dos de las tardes de mis semanas.  Con un ritmo que invita a transportarse a la nada de los pensamientos y soltar la respiración mientras los brazos se bambolean al ritmo de las caderas, el nombre que Nickodemus le dio a su versión, un tanto psicodélica, de un clásico egipcio le dan el toque de magia exótica a las fantasías que se pueden despertar al escuchar la voz que acompaña la cadencia de los instrumentos.

Y bien, Cleopatra sí está en Nueva York, y se erige majestuosamente en el Central Park, con poca cadencia, pero con muchos misterios insritos en sí.

Resulta que es uno de los dos obeliscos que fueron esculpidos en piezas de granito rojo de casi 21 metros de altura y con un peso que dista mucho de ser etereo: unas 180 toneladas.  Los jeroglíficos egipcios que están inscritos encierran secretos que se pueden intuir al escuchar la composición de Nickodemus.

Fueron erigidos originalmente en la ciudad de Heliópolis alrededor de 1450 a. C., aunque el granito que las compone provenía de las canteras de Asuán, cerca de la primera catarata del Nilo.

Las inscripciones fueron ordenadas grabar unos doscientos años después por Ramsés II, para conmemorar sus victorias militares. Cuando fueron trasladados a Alejandría en el año 12, se instalaron en el Caesarium (un templo construido por Cleopatra) pero fueron derribados más adelante y quedaron enterrados, por desatino del destino, para que pudieramos observar la mayoría de los jeroglíficos que permanecen legibles a la fecha.

Dos obelisco: uno en  Londres,  (Westminster, a orillas del Támesis), fue humilde obsequio al Reino Unido que Mehemet Ali hizo en 1819, en conmemoración de las victorias de Lord Nelson en la batalla del Nilo y de sir Ralph Abercromby en la batalla de Alejandría de 1801.   Pero como era un regalo muy costoso para los britanicos, se dieron el lujo de decir no, agradeciendo, claro pero negándose a financiar el pago del traslado a Londres, por lo que permaneció en Alejandría hasta 1877, cuando sir Erasmus Wilson patrocinó su transporte.

El otro, el que le me hace escribir estas líneas, se encuentra en los Estados Unidos y es  conocido como «La aguja  de Cleopatra en Nueva York».  Ubicado en Central Park. Tras la apertura del canal de Suez en 1869, también un regalo que Ismail Pasha ofreció con la esperanza de cultivar las relaciones comerciales, formalizando el hecho su hijo y sucesor Tewfik Pasha en 1879. William H. Vanderbilt financió el traslado y el obelisco quedó instalado en el parque en 1881.

Piedras que cuentan historias, música que cuenta sueños … A mí me gusta esconder mis deseos y pensamientos en la cadencia de mis brazos y caderas cada vez que mis pies se deslizan en relevé acompañados de shimmies al ritmo de la composición de Nickodemus… 

Peregrina.

Tarab, el éxtasis en la música

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En la cultura árabe, la fusión entre la música y la transformación emocional se resume en el concepto de tarab, que no tiene un equivalente exacto, por lo que no se puede taducir.

Definir una palabra no siempre es suficiente para expresar la esencia de un concepto.

Tarab en árabe, es un estado de éxtasis y sumisión en el que uno entra, mientras escucha con cuerpo y alma, la música.

Por allá del 1798, Guillaume Andre Villoteau se hizo acompañar por un equipo de estudiantes de la música en una misión encomendada por Napoleón a Egipto, su trabajo consistía en observar y explicar las diferencias de la música oriental y occidental. Entre las principales diferencias, Villoteau observó que la música árabe evocaba fuertes emociones que transmitían a quienes la escuchaban, manipulando sus sentimientos. Notó que con gran facilidad los escuchas podían entrar en estados de trance o meditación.

Después de treinta y cinco años, el escritor árabe Ahmad Faris Al-Shidyaqen viajó a Europa y entonces trató de explicar la misma diferencia, por lo que en sus escritos plasmó la forma especial en la que el público reaccionaba ante la música occidental. Llegó a la concluisión de que la música occidental era más adecuada para representar imágenes y conceptos, mientras que la música árabe tendía a dibujar una emoción.

Y buen, eso es el Tarab. No es el estilo de música, sino la escencia de la emoción que produce la música. El éxtasis que se origina al escucharla.

Bailar tarab, es bailar el sentimiento, la emoción, la escencia más pura de la música. En alguna ocasión, un percusionista les preguntó a un grupo de bailarinas de danza árabe que tomaban un curso de ritmos que él impartía: ¿Bailan tarab? Todas se quedaron con una expresión de duda en sus rostros.

No sabían qué significaba tarab.

Danzando, Peregrina.

El regocijo de la danza en luna nueva

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La noche incipiente  invita al regocijo de la darbuka y las monedas, la Luna es nueva y en su renacer alienta nuestros sueños, acrecienta las esperanzas y despierta las alegorías hechas música y movimiento.
Se abren las ventanas para compartir el ritmo, ¡escucha!…  Danza el viento, danza el pensamiento y se mueve el sentimiento ¡Ven! Entra en la fantasía, en donde las estrellas guían los caminos y las dunas confunden los sentidos.   Es la magia de la seda que se transforma en erupción de colores que encantan y cadencias que enamoran, mientras las fusiones de la danza marcan los ritmos misteriosos de los tiempos. 

 

Lacrimosa

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39 años vivo en mi corazón, intermitente en mis borrosos recuerdos y ausente ante mis ojos. Recuerdo las veces que tomaste mi mano al caminar y contemplaste mi cabello atado con una cinta azul. 

Lacrimosa dies illa
qua resurget et favilla
iudicandus homo reus.
Huic ergo parce, Deus.
Pe Iesu, Domine,
dona eis requiem. Amen.

Día de lágrimas aquél
en que resurja del polvo
para ser juzgado el hombre reo.
Perdónale pues, Dios, piadoso Jesús, Señor,
dales el descanso. Amén.

Lacrimosa es una pieza musical dentro de La Misa de Réquiem en Re Menor, K. 626s de Wolfgang Amadeus Mozart basada en los textos latinos para el acto litúrgico católico ofrecido en las defunciones, se trata de la decimonovena y última misa escrita por Mozart. Mozart murió antes de terminarla, en 1791.

A la memoria de mi padre,
Peregrina.

Revival

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Basta una nota para levantar al corazón más abatido. Basta un acorde para que el espíritu retome al cuerpo que había abandonado y renazca en plenitud.

Beats Antiques y su mágica narrativa quimérica, dan una idea de lo que quiero decir…

Voy a dormir, después de haber recargado mi corazón con anhelos y evocaciones.
Peregrina.

~ ~

El universo está lleno de sentido… casualmente

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Estoy enredada en una cinta Möbius , escondida entre fractales. El infinito presente, constante, intermitente; sonido y silencio; pensamiento y ausencia… Divinamente humano, humanamente divino.

Paul Auster dice que el azar es un medio de recordar que no sabemos nada, que el mundo en que vivimos nunca dejará de escapársenos. Últimamente vivo al azar, tratando de abrir bien los ojos para atrapar la mayor cantidad de instantes y al final del día, maravillarme por no haberlo planeado y disfrutar de la perfección de sus resultados.

Claro, hay veces que no existe el encanto, probablemente mis ojos no fueron lo suficientemente vivaces para captar todos los momentos, suele suceder.

Azar y probabilidades, casualidades… Se le preguntó a una matemática recién titulada con honores, qué probabilidades existen de que dos personas que no se conocen, viviendo en ciudades diferentes, comenten con una tercera en el mismo día algo relacionado con una cinta Möbius y la respuesta fue: pocas, muy pocas, casi imposible.

El ángulo que me invita a asomarme con curiosidad es que escribí el primer párrafo justo después de haber visto el video del Canon del Cangrejo 1 à 2, compuesto en 1747 por J. S. Bach. En ese año, su hijo Carl Philipp Emanuel estaba al servicio del rey Federico II el Grande en Sanssouci como clavecinista.

Muchos años después, pero muchos, muchos, en 1858, los matemáticos alemanes August Ferdinand Möbius y Johann Benedict Listing descubren un objeto no orientable con una sola cara y un solo borde a la que le dan el nombre de «Cinta Möbius»

Me parece tan curioso que un siglo antes, en la mente de J.S. Bach las notas hayan diseñado algo que tomó forma un siglo después. Esa misma curiosidad me llevó a buscar al autor de este video y llegué a su página, en la que encontré -entre tanta matemática que difícilmente entiendo pero que me hace sentir agradecida por tanta maravilla- el laberinto infinito de los fractales.

Y bien, probablemente ahora que has leído hasta aquí dirás: «y bien… ¿Qué con todo esto? ¿Cuál es el punto?»

Casualidad. Que me encantan las casualidades. Que es sólo casualidad que en el momento de mi encuentro con el trabajo de Jos Leys, esté leyendo algo sobre Gottfried Leibniz y su descubrimiento del cálculo infinitesimal, basado precisamente en uno de los principios de su filosofía: la noción de continuidad de la naturaleza.

Todo está relacionado, desde lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande. El cálculo infinitesimal no es más que la expresión matemática de esa continuidad. Todo lo que es tiene razón suficiente. El universo es un sistema infinitamente armonioso, en el que hay a la vez unidad y multiplicidad, coordinación y diferenciación de cada una de sus partes, capaces de aprehender las conexiones esenciales entre todos los seres.

Por eso escribí que me sentía enredada en una cinta Möbius , escondida entre fractales. El universo en el que vivimos es divinamente humano y humanamente divino.

Peregrina.

Música para una historia

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En la enorme industria generadora de sueños millonarios, la música es como una joya que se usa en una noche de gala:  puede ser sutil y elegante como un pendiente de diamante o bien rebuscada e invasiva como largas cadenas de oro con piedras de colores.  Ya desde su inicios, en la época del cine mudo, las historias se adornaban con el ébano y el marfil de un músico en la sala que transmitía sus propios sentimientos mientras miraba la trama como un espectador más.

Desde entonces, la columna sonora de una película ha llegado a ser como un armazón que se teje desde el tema de inicio, engarzándose nota a nota a través de cada una de las piezas que acentúan el fondo de cada escena, hasta cerrar con la composición final que engloba el sentido de la historia.

Quien ha visto cada una de las películas nominadas en la categoría de mejor  banda sonora, sin duda se habrá dejado llevar por la música que logra enfatizar el silencio de los personajes y hacernos sentir su desolación; remarcar el paisaje y darnos la certeza de que nuestros pies logran salir de la mirada y entrar en la pantalla para poder caminar sobre las rocas encendidas por el sol que se pone; sentir el frío del viento que desplaza la fantasía y la convierte en vuelo de una realidad que nos lleva a toda velocidad hacia el inmenso azul de la libertad; alargar los segundos mientras cada milésima sirve como un gancho que detiene la caída de un sueño que no se sabe si concluirá al abrir los ojos en la realidad o convertirá el limbo en una realidad eterna.

Hoy sabremos quiénes serán los artistas que tendrán un Oscar en su colección de éxitos. Mientras te invito a escuchar esta selección de nominados:

Alexandre Desplat «The King’s Speech«. Sonidos de corte clásico para una película que cuenta la historia más allá de la historia de una época que, hasta la fecha, causa grandes controversias.
A.R. Rahman «127 Hours«. Su característica originalidad que nace de la mezcla del oriente con el occidente.
John Powell «How To Train Your Dragon«. Discípulo de , marca su propio estilo con una composición de fondo de fantasía celta.
Trent Reznor & Atticus Ross «The Social Network«. Moderna, con tintes electrónicos que logra manifestar la frialdad del pensamiento del visionario del gran emporio virtual.
Hans Zimmer «Inception«. La orquesta es la base de sus composiciones monumentales que logran hacer sentir la gravedad cero y la rapidez de la caída libre. Mi favorita en esta categoría.

Voy por un domingo de película,
Peregrina.